miércoles, 28 de octubre de 2009

El respeto hacia los demás

La estrategia del miedo puede funcionar, desde luego, pero tiene sus desventajas. Suele fomentar un ambiente estresante y hostil, pone al directivo mismo en una situación de constante vulnerabilidad a los ataques de los demás y lo peor de todo es que ni siquiera garantiza el respeto. Éste hay que merecerlo con el buen liderazgo, las virtudes personales y (no es ningún secreto) el respeto hacia los demás. Si un líder no demuestra estas cualidades, es fácil que el «respeto» que obtenga sea sólo superficial.

Alta diversión
Eduardo Jáuregui / Jesús Damián Fernández
Editorial Alienta

Tú Tarzán, yo Simyo

Solicité la banda ancha móvil de Simyo el 13 de octubre. Ayer, día 27, fue cuando pude navegar un rato. Luego se jodió de nuevo la cosa. Hasta hoy. ¿Cuánto tardará en volver a joderse? Desde luego no es una muy buena carta de presentación.

sábado, 24 de octubre de 2009

Un fracaso en el armario

[...] me había tropezado con muchos emprendedores que escondían un oscuro y terrible secreto: un fracaso en el armario. Nadie habla nunca de ello, a menos que sea ya de madrugada y borracho en un bar, y cuando lo hacen, todos comparten el punto de vista unánime de que el fracaso los ha hecho mejores, más fuertes y más duros. Casi sin excepción, han aprendido de sus errores y han seguido adelante. En muchos casos, para cometer más errores; gracias a esa forja incandescente que consiste en probar, equivocarse y seguir probando, han acabado haciéndose de un metal cada vez más duro.

El pornógrafo emprendedor
Gavin Griffiths
Empresa Activa

miércoles, 21 de octubre de 2009

Un océano inmenso de gente frustrada

Los reality televisivos han distorsionado el punto de vista de toda una generación respecto a sus aspiraciones. Quince minutos de fama no son nada, ellos quieren la fama eterna, a cambio de lo que sea. Las empresas que ofrecen books, los profetas de las falsas esperanzas, alimentan como sanguijuelas este deseo de ser «alguien». El enorme volumen de solicitudes que recibimos —acompañadas con las típicas fotografías «profesionales» tremendamente manipuladas— representa lo que solo puede ser un océano inmenso de gente que vive con frustración y con sueños que nunca se harán realidad.


El pornógrafo emprendedor
Gavin Griffiths
Empresa Activa

La Viagra cambió el mundo...

La Viagra cambió el mundo. Reintrodujo el sexo para los pensionistas, devolvió la confianza a hombres inservibles y recuperó el entusiasmo de relaciones agotadas. En algunos casos, arruinó relaciones en las que una esposa madura, feliz y sexualmente inactiva, se vio enfrentada de repente a un marido que se comportaba como un cachondo de 17 años de edad. Y arrasó el porvenir de toda una industria. Las fluffers se encontraron sin trabajo y con pocas salidas. Se cree que muchas de ellas terminaron haciendo carrera en el sector inmobiliario.


A modo de explicación:

El trabajo de una fluffer consistía en excitar al actor porno mediante estimulación oral y manual. [...] De modo que la fluffer es la responsable de mantenerlo a punto y dispuesto para intervenir en todo momento.


El pornógrafo emprendedor
Gavin Griffiths
Empresa Activa

lunes, 19 de octubre de 2009

Nada que temer

Y algo sí he aprendido. No hay en realidad nada que temer. Cinco meses de aventura, luchando por el dinero, recién casado, una hipoteca enorme, una casa a medio redecorar, un bebé en camino, todo eso... y no estaba asustado. De hecho, la experiencia me resultaba tremendamente apasionante. No tenía a nadie en quien apoyarme que no fuera yo mismo, y nada hay que centre las ideas mejor que eso. Coincido con Anita Rodick. La presión te vuelve creativo, te estimula.


El pornógrafo emprendedor
Gavin Griffiths
Empresa Activa

Emprendedores psicópatas

En primer lugar, no creo que el emprendedor sea mejor que los demás. Creo que el término debería ser tratado como una especie de mal, no como un término de admiración. Está demostrado que muchos emprendedores muestran tendencias levemente psicópatas, y que a menudo el motivo de trabajar para uno mismo es que este tipo de trabajo ofrece una vida comparativamente libre de disciplina externa. Además de hacer pedacitos a sus compañeros de instituto y de guardarlos en el congelador para reírse de ellos, la otra cosa que no gusta para nada a los psicópatas es la disciplina externa, ya sabe.


El pornógrafo emprendedor
Gavin Griffiths
Empresa Activa

¿Se acaba antes de empezar?

Mi sentido arácnido está muy agitado. Tanto como la situación en la empresa. El jodío me está gritando al oído que la cosa no cuadra lo más mínimo. A mentalizarse que tal vez en unas pocas semanas se acabe la aventura madrileña.

Segunda semana de destierro en Madrid

En un mes, aproximadamente, hará año dos años y medio que trabajo para la empresa en la que estoy actualmente. Según mi «historia personal» eso significa que ya debería andar buscando otro trabajo. Quienes me conocen saben que no aguanto más de tres años en el mismo sitio. Como en aquel supuestamente famoso estudio de parejas, tres años es el tiempo que tardo en encontrar los defectos y las «insalvables distancias» en mi relación profesional con el que me ingresa el sueldo mensual. Por ello tal vez ha sido una fortuna que me hayan desterrado -en principio- seis meses a Madrid. El tiempo que, supuestamente, durará arrancar y definir el proyecto en el que deberé de trabajar. En el fondo me lo he tomado como un cambio de empresa.

A diferencia de lo que hice en mis comienzos en la empresa, cuando intetaba aprovechar cada día de junio después del trabajo para buscar rincones de Madrid y llegaba a las tantas al hotel, en aquel entonces básicamente «a tomar por...» en Las Matas, en esta ocasión me lo he tomado con muchísima más calma. También es cierto que entonces teníamos horario de verano, saliendo a las tres cada día, y ahora salimos sobre las seis y media. Sin embargo, la idea de que voy a estar mucho más tiempo, me produce algo de pereza y prefiero acercarme primero al piso a dejar las cosas, y refrescarme antes de lanzarme a la tarde noche madrileña.

En cualquier caso he tenido mucha suerte. La empresa ha alquilado un piso a cinco minutos andando de la estación de cercanías de Aravaca. Pasan trenes cada quince o veinte minutos y tardo seis minutos en llegar al trabajo. Otros tantos en llegar a Príncipe Pío, si cojo el tren en sentido contrario y si lo que quiero es moverme por la zona de Gran Vía, o veinticinco si prefiero Atocha. Se puede decir que, sin vivir en el centro de Madrid, tengo los beneficios de vivir a «un tiro de piedra» del mismo y a dos pasos del trabajo. Y el piso, con 95 metros cuadrados, está en una zona tremendamente tranquila -todas las noches duermo a pierna suelta- que da al interior de la zona privada, donde hay cancha de paddel, piscina -que no podré disfrutar en invierno-, gimnasio -que no creo que llegue a usar- y sauna. En muchos sentidos soy la envidia de muchos madrileños, en general, y de algunos compañeros de trabajo, que emplean dos horas al día en coche para llegar al trabajo.











También he tenido mucha suerte al llegar y encontrarme un clima netamente tropical, con temperaturas, en algunos momentos del día, cercanas a los treinta grados, y sin los contratiempos de humedades altísimas que tiene el clima en Canarias. Por un lado me quejo, pero por otro agradezco no haberme tropezado aún de lleno con el frío madrileño. Salvo por las mañanas y lo que tardo en llegar al trabajo, que por olvidar meter el gorrito en el equipaje, castiga principalmente mi calva. El resto del día he tenido que ir en mangas -cortas- de camisa. La previsión para esta semana, de cumplirse, hará que la cosa cambie y empiece, de verdad, la «prueba de fuego» de mi estancia aquí. A ver qué tal se me da resistir el frío durante varios meses. Lo primero que haré hoy al salir del trabajo será comprarme un gorro y un paraguas.

Sala del Guernica - Museo Reina Sofía - Madrid

Quiero destacar el papel importante que ha desempeñado mi nuevo juguetito, el iPhone, en mis salidas por Madrid. Con él en la mano he podido moverme con seguridad, gracias a su GPS, y encontrar lo que andaba buscando -aunque con la inseguridad de que me lo arrancaran de las manos en un momento de despiste-. También poder consultar horarios, información de sitios, leer las noticias y, principalmente, mantener el contacto con mi mujer, familia y amigos, por correo electrónico. Aún no ha llegado el módem USB que compre en Simyo y, sin la conexión -y ventana- a Internet que me ofrece el iPhone, estaría subiéndome por las paredes. De considerarlo un gasto, un capricho, he pasado a considerarlo una de las mejores inversiones hechas hasta el momento. He podido descargar directamente unas cuantas aplicaciones muy útiles desde la App Store que han supuesto una ayuda inmensa a la hora de organizarme mejor estos días. Hasta tengo una para gestionar la lista de la compra en el súper. Y otra para publicar en la bitácora.




Por cierto, he aprovechado el juguetito para abrir una nueva bitácora. Hacía mucho tiempo que buscaba un sistema o método donde apuntar, mantener y consultar, los párrafos que me resultaban interesantes de los libros que leía. Por dejadez rara vez lo hacía. Soy tan desorganizado que hacerlo en papel es una estupidez inmensa. Mientras encuentro un sistema mejor, será en Retales de sabiduría donde los vaya poniendo. La dejo visible para todo cristo vivente, aunque sé que a más de uno le fastidiará encontrar ahí algún párrafo especialmente desvelador de alguna novela. Con no leerlo es suficiente.

La primera semana, que se ha pasado rapidísima, tampoco ha dado para mucho más. He cenado en el restaurante japonés Musashi, con fama de «no ser demasiado caro», con compañeros de la delegación de Las Palmas que andaban también por aquí. He cometido el grandísimo error de acercarme a la librería Cocodrilo, donde en la primera visita he dejado casi ochenta euros con la excusa de que si pagas en efectivo te descuentan un diez por ciento en los libros en inglés, y de perderme en la calle de las tiendas de cómics. Pero lo que por fin he conseguido hacer es acercarme al museo Reina Sofía. Es algo que siempre digo cada vez que vengo a Madrid: «de esta no pasa que visite el Reina Sofía». Autopromesa que, por este párrafo, habrán averiguado que nunca había cumplido. Aprovechando que el domingo la visita es gratuita me colé en él y paseé por la mayor parte del mismo. Es tan grande, y resulta tan agotador andar viendo arte por todas partes, que necesitaré de otra visita para terminar de verlo. Y de re-verlo, porque apenas recuerdo la mayoría de lo visto, Ya no me imagino lo que necesitaré para ver el Museo del Prado, previsto -empezar- para el próximo fin de semana.

Hay una cosa muy curiosa que me sucede cada vez que visito Madrid. Es rara la ocasión, como raras las veces que vengo, que no me tropiece con alguien de mi pasado. Hablo de mi pasado en Las Palmas, claro. Así fue que, la primera vez, al comienzo en la empresa, me tropecé con el que había sido el director de una empresa cliente en su etapa en Las Palmas. De hecho, quitando a los de la propia empresa, fue a la primera persona que me tropecé en Madrid. En siguientes visitas me he encontrado con algunos compañeros de la universidad con los que tenía mayor o menor confianza. El último ha sido Carlos Ehrenspeck, también compañero de la universidad, y que lleva casi diez años viviendo en Madrid. No deja de sorprenderme que, con tantísima gente como hay en Madrid, me tropiece con Carlos en la estación de cercanías de Aravaca para coger exactamente el mismo tren cuando yo salía para cenar en el japonés. ¿Qué probabilidad hay de que eso suceda?

En fin, que esto es todo lo que ha dado de sí la primera semana de exilio y destierro en Madrid. Así que, para cuando se publique esto, hará una hora que he comenzado mi segunda semana de trabajo en tierras madrileñas.

No me voy, eso sí, sin hacerles una amenaza: Continuará.

domingo, 18 de octubre de 2009

La magia del PhotoShop

La mayoría de las chicas no tenían un aspecto muy refinado, pero con la magia de un brillante software conocido como PhotoShop se podían hacer maravillas. Gracias a él era posible eliminar tatuajes, blanquear dentaduras, reducir orejas e iluminar miradas. Con unos cimientos más o menos decentas y un poco de confianza, conseguiríamos crear magia.

El pornógrafo emprendedor
Gavin Griffiths
Empresa Activa

Escuela barata de modelos...

Comencé a pensar que había una escuela barata de modelos con glamour donde aprendían esa pose, les daban una maletita de ruedas, les ponían un piercing en el ombligo y les tatuaban un tatuaje horrendo a modo de despedida.

El pornógrafo emprendedor
Gavin Griffiths
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Era un pornógrafo...

Y cuando empecé a mirar The Stage, fue cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo. Estaba pidiendo a mujeres que se desnudaran. Estaba pidiendo a mujeres que se desnudaran para poder fotografiarlas y exponerlas en una página web. Para ganar dinero. Oh, Dios mío. ERA UN PORNÓGRAFO.

El pornógrafo emprendedor
Gavin Griffiths
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Ataque puntual de aburrimiento

En la poco más de una semana que llevo en Madrid, es la primera vez que me siento aburrido. Ha sido una semana muy intensa y, en este momento previo a irme a la cama un domingo por la noche, he tenido ganas de no estar aquí y estar en casa con mi mujer. Vaya gilipollez. Una ducha calentita y a leer, qe es como se superan estas crisis.

sábado, 17 de octubre de 2009

Mi trasero vibró...

Mientras ella estaba cocinando, uno de los hombres entraba en la casa y, después de un breve y poco convincente diálogo, los dos se liaban apasionadamente allí mismo, en la cocina. Y antes de que ella se diera cuenta de nada, el otro jardinero se había sumado a la acción y la había penetrado rudamente por la puerta de servicio. Y esto daba lugar a la frase de ficción erótica más memorable que nunca recibimos: «¡Mi trasero vibró con el orgasmo!»

El pornógrafo emprendedor
Gavin Griffiths
Empresa Activa

jueves, 15 de octubre de 2009

Retales de sabiduría

Hacía tiempo que andaba buscando una forma cómoda de organizar, mantener y -lo que es más importante- crear anotaciones de aquellos párrafos que me resultan especialmente dignos de ser recordados y retenidos para un futuro disfrute. Algún mecanismo con el que vencer la desidia que, por ahorro de esfuerzo, consigue que se olviden al poco de ser leídas las palabras. Esas que he venido en denominar «retales de sabiduría» aunque su contenido diste en muchas ocasiones de rayar la categoría de «apto para sabios». En realidad me importa poco esto último, pues lo que quiero es poder retroceder en el tiempo y volver a consultar las palabras que por un motivo u otro creí dignas de recordar. A fin de cuentas todo esto no deja de ser algo para mi disfrute y que, sospecho, habrá de ser poco útil para otros.

En los últimos tiempos he intentado hacer esto con varias tecnologías o metodologías. Empece con wikis y prove con el curioso -fantástico y maravilloso se me queda grande en este momento- servicio ofrecido por Evernotes. No sé si la forma de bitácora o blog será la definitiva, pero sí tiene a su favor varios elementos que, al menos de momento, la convierten en mi favorita. Todo se andará y ya veremos.

De momento y desde este instante aquí empieza «Retales de sabiduría».

miércoles, 14 de octubre de 2009

domingo, 11 de octubre de 2009

Enviado desde mi iPhone: Continúa mi apuesta por la manzana

A sabiendas de que a mi vuelta tendría que pasar una larga temporada en Madrid, volaba hacia Florida con varios artículos que quería comprar allí y traer de vuelta conmigo, aprovechando la debilidad del dólar. Y no, no me refiero a ropa de marca. En particular, quería hacerme con un MacBook Pro de 13" y un iPhone 3Gs de 32 GB desbloqueado. Además de pillarme el Snow Leopard en pack familiar. Ya tengo dos Mac en casa y la diferencia entre la licencia sencilla y el pack de cinco eran veinte dólares. En total 34 € al cambio. No he tenido tiempo de instalarlo aún.

En dos intentos, en dos tiendas Apple distintas, una en Orlando y la otra en Miami, la respuesta fue algo así como «búscate la vida» si lo que pretendes es que te pongamos un teclado en español en la MacBook. Estuve a puntito de comprarlo con el teclado en su configuración americana y pagar a la vuelta para que lo sustituyeran por uno que tuviese la letra eñe. Obviamente eso tenía algunos «peros» que me disuadieron. En cálculo rápido iba a perder cualquier beneficio monetario por comprarlo en los USA, amén del año de garantía que dan allí. Regresé a territorio nacional con la idea de aprovechar los descuentos a estudiantes. Ya veremos.



Para obtener el segundo objeto del deseo, pregunté en varias tiendas que, para los que se criaron en la ciudad de Las Palmas, recuerdan mucho a las «tiendas de indios». Donde más barato lo encontré lo vendían a 400$. Con descuento «por volumen». Pero no lo tenían en ese momento. En otras saltaba ya a los seiscientos dólares. Otra vez el asunto del tiempo de garantía, que en España son dos años, y que igualmente tendría que suscribir un plan de datos a la vuelta, fueron los motivos que me hicieron desistir en el empeño. Volví con las manos vacías.

Tengo la sensación de que todo esto suena como si hubiese viajado tan solo por los cachivaches, lo que no es justo ni cierto. Pero dado que los compañeros de viaje demostraban cierta predisposición a disfrutar con interminables visitas a centros comerciales, intenté aprovechar la estancia para insistir en mi búsqueda. En general soy de los que al primer «no» dejan de persistir. Hay cosas mejores a las que dedicar un viaje que andar de tienda en tienda buscando algo que satisfaga el anhelo consumista. ¿O no lo hay?

Pero la premura de venirme a Madrid y no tener forma inmediata de mantener contacto con amigos y familiares, me ha empujado a pillarme la oferta de Movistar. Claro que puedo seguir contactando por teléfono o por SMS, pero soy de mucho correo electrónico e Internet, que no sé cuando podré tener en el piso que me alquiló la empresa. La misma que tiene restringido el uso de la «red de redes» por su personal en los equipos de trabajo. Necesitaba algo con lo que mantener contacto escrito durante las primeras semanas. Amén de organizarme y navegar, consultar en qué calle estoy y la ruta para llegar a donde quiero, horarios de metros, RENFE, y todas esas pequeñas cosas que uno necesita cuando se encuentra en una ciudad que no es la suya y camina medio perdido escuchando su música favorita. Y si, además, te permite leer algún libro o echar una partida algún juego sencillo mientras vas en transporte público, mucho mejor. A poder ser, todo ello metido en el mismo dispositivo y que no pese demasiado.

Cuatrocientos euros y una «tarifa plana» raquítica de quince euros, con compromiso de caballero por mi parte de fidelidad durante los próximos veinticuatro meses, y muchísimas dudas acerca de la fidelidad que demostrará la otra parte contratante -se leen muchas cosas horribles en Internet-, permiten que ahora esté escribiendo esto desde una pequeña virguería tecnológica. Sintiéndome como un niño con juguete nuevo, aún es pronto para saber si ha merecido la pena, pero no me odien mucho si a partir de ahora la firma de mis correos lleva el texto «escrito desde mi iPhone».

viernes, 9 de octubre de 2009

Jet Lag prorrateado

No hace ni tres días que he llegado de un viaje a Florida. Con mi sistema nervioso aún adaptándose a las cinco horas de diferencia e intentando reponerse de las 24 horas de viaje puerta a puerta que supuso regresar, ando con la mente puesta en mi próxima estancia de larga duración en Madrid. No se sabe exactamente cuánto tiempo estaré. Puede que tres meses. Puede que seis. Tal vez un año. Todo depende de cómo se vaya desarrollando el proyecto. Lo único seguro es que salgo esta misma tarde y que intentaré volver al menos un fin de semana al mes para pasarlo con mi familia.

El viaje a Orlando ha sido el primer viaje largo que realizo y la primera vez que experimento el famoso jet lag. Para la ida, que también supuso veinticuatro horas de viaje, contando desde que salímos de la puerta de casa a las cinco de la madrugada y llegamos a la casa de destino a las doce de la noche según horario de Orlando (cinco horas más en Canarias), el acomodarme al nuevo horario no resultó tan difícil. Estar las 24 horas sin dormir, y coincidir con la hora de irse a la cama allí, ayudó a cambiar rápidamente los biorritmos. También la ilusión de estar en un sitio distinto ayudó mucho. El día siguiente a nuestra llegada lo pasamos como si nuestro horario natural fuese el de allí.

En esta entrada no voy a hablar de la experiencia del viaje, algo que dejaré, supongo, para más adelante. Hoy quiero hablar de mi «mal hábito» de medir todas las cosas de forma monetaria. No es que el dinero me importe mucho. Nadie que me conozca podrá decir que sea un roñica. Más bien soy un manirroto para el dinero. Sin embargo, desde que tengo uso de capacidad adquisitiva, que no es lo mismo que uso de razón, todo lo que hago lo suelo evaluar en términos de tiempo y dinero. Recientemente me he enterado, leyendo los libros de Goldratt, que no lo hago del todo bien. Pero hasta la fecha me ha servido. Básicamente lo que hago es dividir lo que me gasto entre el tiempo de amortización que considere oportuno aplicar para el caso concreto. Un ejemplo de esta desviación, en este caso orientada a justificar el ocio, lo podemos encontrar aquí, donde el período de amortización se medía en horas. Con los viajes hago lo mismo, pero en días.

Espantapájaros de la casa de Mickey - Magic Kingdom

Por poner un ejemplo usando los costes del último viaje. Cada día que pasaba en Orlando suponía unos 90 € por persona. En estos noventa euros están incluidos el prorrateo de los pasajes de ida y vuelta, el alquiler de la casa, el del coche, los gastos proporcionales de combustible (el transporte, vamos) y el promedio de lo que nos gastábamos para comer -desayuno, almuerzo y cena- cada uno de los días. Todo ello hace que esa sea la cantidad que se supone que costaba permanecer un día en Orlando. Para cada uno de nosotros. Sin hacer nada más que estar allí. A esa cantidad se le sumarían los gastos específicos de la actividad, si decidíamos salir de la casa.

Hago todo esto porque es la forma en la que comparo luego la experiencia vivida. Parece mezquino, pero creo que es lógico y defendible que si uno se deja 130 € -a los 90 € persona/día de antes le he sumado los 40 € de promedio que costaban las entradas- en pasar un día en un parque de atracciones, no lo viva «exactamente» igual que alguien al que le pagan todo y no se gasta un euro. Uno trabaja una jartá de días al año para conseguir un día de vacaciones. A unos dos días y medio por cada mes trabajado es lo que te viene correspondiendo. Y curra muchas horas para poder permitirse el lujo de permanecer un día en Orlando. Eso depende del sueldo de cada cual, pero para un mileurista, como hay muchos, supone que debe trabajar durante tres días para permitirse el permanecer un solo día según las condiciones que nosotros elegimos para la estancia. Cambiando de escala: O trabajar tres para permanecer una semana. Y eso sin contar gastos adicionales como las entradas a los parques de atracciones.

Reitero que tiene la apariencia de la mezquindad, pero yo creo que evaluar estas cuestiones de forma monetaria permite que la mayoría de la gente interiorice mejor las cosas según sus propias circunstancias. Vuelvo a poner un ejemplo: «Veinte euros». Después de mucho tiempo dos compañeros quedan para cenar y, a la hora de pagar, toca a veinte euros por barba. El amigo A cobra dos mil quinientos euros netos al mes; paga una hipoteca de mil trescientos y, entre otros gastos domésticos -comida, coche, teléfonos, etc., etc.-, se «pela» otros mil euros. Su saldo a final de mes es positivo, de doscientos euros, y pagar veinte euros en una cena supone un 10% de ese saldo positivo. El amigo B es mileurista -estudió filosofía en lugar de una carrera de futuro-, comparte hipoteca y le toca pagar cuatrocientos euros por la misma. Comparte gastos domésticos y le toca pagar otros cuatrocientos. Al final de mes también le queda un saldo positivo de doscientos euros. La salvedad es que como comparte gastos, mientras cena tiene la mente pensando en cómo afrontará el pago de los recibos ya que su pareja acaba de quedarse en paro y no podrá aportar lo mismo que él a partir del próximo mes. ¿Significa lo mismo veinte euros para cada uno? ¿Cuando yo digo que permanecer en Orlando significaba 90 € diarios, solo en estar allí, cómo interiorizas eso desde tu experiencia personal y el esfuerzo que te supone conseguir ese dinero? Puedo asegurar que yo no soy el amigo A.

Hago hincapié en todo ello porque será un poco la forma en que mida el valor existencial reportado de las experiencias vividas en el viaje, a medida que me dedique a contarlas. Sin embargo ya decía Machado que «es de necios confundir valor con precio», así que lo que es aplicable para mí nunca lo será para otros. Pero esta es mi bitácora.

En mi caso, cuando viajo, intento aprovechar para ver, visitar y vivir todo aquello que difícilmente encontraré en otro sitio a sabiendas que será difícil que vuelva al mismo lugar en un futuro cercano. Tampoco en uno lejano. Hay demasiado que visitar en este planeta como para estar repitiendo lugares. Así, para ir concluyendo, la visita al Kennedy Space Center en Cabo Cañaveral me aportó un valor enorme, tanto que no me pareció nada caro lo que suponía la estancia más la entrada, mientras que dedicar un día a visitar un centro comercial típico americano (que es como el del resto de los que hay repartidos por el mundo con la salvedad de ser más grande) me aportó un valor nulo o cercano a serlo. Poniéndoles valores cuantitativos, además de cualitativos, ver naves espaciales y el sitio desde el que se lanzan me reportó un 8 en mi escala personal del valor existencial, frente a los consabidos 130 € que significaba estar allí. Mientras tanto curiosear entre camisas y pantalones «tirados de precio» en un Prime Outlet de Orlando me reportó un valor existencial de cero patatero. Lo que vendría a ser tirar 90 € por el retrete, hablando en plata. Sin contar que eso, además, tiene un alto coste de oportunidad, dado que mientras entras y sales de tiendas de marcas para ver si consigues una «ganga» no puedes estar visitando a la tribu seminole en los Everglades, por poner un ejemplo. Y a los seminole difícilmente los encontrarás al lado de tu casa. Y el tiempo que vas a permanecer en el lugar tampoco es infinito. No es algo que puedas «dejar para mañana».

jueves, 8 de octubre de 2009

Llevo un día...

... y ya estoy hasta los cojones de la ortodoncia.



¿Quién me mandaría a mí meterme hierros en la boca cuando ya voy camino de los 40?

martes, 6 de octubre de 2009

'La paradoja'

Si todo ha ido relativamente bien en el viaje a Orlando, Florida, a primera hora de la tarde de hoy debería estar aterrizando en la isla que me vio nacer. Ello significa, inevitablemente, que mañana retomaré mi vida laboral y que, salvo que acontezca algo inaudito, en unos días, tal vez en no más de una semana, tenga que mudarme a Madrid. La estancia se prevé, con carácter de hipótesis, de una duración de seis meses. Algo que voy a intentar aprovechar al máximo para disfrutar de la oferta cultural de esa ciudad. No sé si el trasladarse a Madrid significaría para alguien una forma de «castigo», pero para mí es un verdadero regalo: casi todo lo pagará la empresa. Así que lo único que me queda es disfrutar la estancia. Y del frío.

Hará dos años y cuatro meses que estoy trabajando en ésta empresa. Me contrataron como responsable de la delegación que abrían en Las Palmas, cargo similar al que ya ejercía en la empresa desde la que venía. En la anterior, pese a que siempre tuve buen rollo con los compañeros, me quedó la sensación de que me faltaba algo para ser un buen líder. De los errores se aprende, dicen, y de cara a acelerar el proceso, porque uno no iba a estar aprendiendo (solo) a base de meter la pata constantemente, me dediqué, mientras estuve en Madrid, a comprar libros sobre el asunto del liderazgo. Libros que dejé arrimados porque parecía que la cosa, al final, tampoco serviría de mucho. Al llegar me encontré con críos de guardería y, reconozco, nunca supe enderezar adecuadamente la situación. A veces creo que tendría que haber despedido a más de uno sobre la marcha. O haber dicho, directamente, que en esas condiciones no trabajaba. Pero eso será tema de otra entrada.

Entre los libros que compré estaba 'La paradoja'. No sabría decir el motivo que me llevó a comprarlo, salvo que me gustó el título. Lo curioso de todo esto es que, aunque me compré una jartá de libros en aquel entonces, recientemente es cuando he empezado a leerlos. Viendo la materia prima que tenía, ganas de liderar no había. Pero ya que los tenía, en algún momento habría que leerlo. Digo yo. Y la oportunidad se presentó en una de esos mencionados fines de semanas en el sur de la isla, exponiendo mi tripón al cálido sol tropical.

Simeón aprovechó la pregunta:
-Paradigma; bien, es una buena palabra. Los paradigmas son sencillamente patrones psicológicos, modelos, mapas que nos valen para no perder el rumbo en la vida. Nuestros paradigmas pueden ser útiles e incluso pueden salvarnos la vida si hacemos un uso apropiado de ellos. Pero también pueden llegar a ser peligrosos si los consideramos verdades inmutables que valen para todo, y los utilizamos como filtros de la información nueva y de la mudanza de los tiempos a lo largo de nuestra vida. Aferrarse a paradigmas obsoletos puede paralizarnos mientras el mundo avanza.
El libro resulta entretenido. Se lee muy rápido y, aunque pueda parecer mentira, enseña algunas cosas que, planteadas de forma retrospectiva, parecen poseer esa lógica de perogrullo con la que se barnizan todas estas cosas. Todo parece siempre caer dentro del universo que conforma la lógica de perogrullo cuando lo miras retrospectivamente. Es lo que tiene el ser humano: «visto el burro todo el mundo es listo». La narración está planteada como un cuento. O como una novela corta. Es un recurso que se emplea constantemente en psicología y divulgación de gestión empresarial, por lo que he podido comprobar. Se supone que de esta forma se ameniza el aprendizaje y, para algunos, se consigue simpatizar con el personaje y sus vicisitudes. De esta forma, supongo, se evitan las barreras que imponemos cuando nos dicen lo que hay que hacer. Al fin y al cabo, lo que te cuentan le está sucediendo a otro, quien aprende a descubrir los errores en sus premisas y encuentra el camino para corregirlas. Y todo esto, si no tienes el intelecto como un corcho, resulta que te hace pensar en tus propios errores porque, al final, te ves identificado en el personaje. Eso es, al menos, la teoría. ¿Quién no se ablanda con los finales felices, repletos de platos llenos de perdices?

La temática del liderazgo es, desde mi experiencia, un aspecto bastante peliagudo por su complejidad. Al final no dejamos de tener que bregar con un océano de almas humanas y, ya se sabe, «cada uno es de su padre y de su madre». Esto hace que, muchas veces, tengamos que lidiar con gente cuyo máximo objetivo en la vida es «darte por culo» cada vez que abres la boca. Indistintamente de si tu argumentación es válida o no. Basta que tú lo digas para que esté, directamente, mal. Este libro no te ayudará a lidiar con este tipo de gente, pero al menos puede inspirarte para mejorar las relaciones con el resto, los que tienen unos objetivos más elevados en cuanto a su colaboración con la empresa.

En definitiva, un libro que recomiendo. Lo peor que puede pasar es que no te guste. Pero al ser tan relativamente corto, no llega a las doscientas páginas, eso puede suponer no más de un par de tardes de lectura.

viernes, 2 de octubre de 2009

'Superplagas'

La Tierra es un lugar sorprendente. A nada que inviertas un poco de tiempo en mirar a tu alrededor, y salvo que vivas en una burbuja aislado del resto, encontrarás material suficiente para asombrarte. Y es que, en el fondo, no prestamos atención a nada de lo que nos rodea. Salvo, tal vez, cuando hay algo tan anómalo que no podemos evitar fijarnos en ello.

Uno de estos fenómenos al que no podríamos evitar prestar nuestra atención, aunque nos esforzáramos en ello, es el de las plagas. No resulta nada agradable encontrase, de repente, inmerso en medio de varios cientos de miles de especímenes de alguna especie que tenga, en un momento dado, montada una fiesta en la que se hayan vendido el quintuple de entradas de más del aforo permitido en el local. Vamos, muchos, cabreados y por lo general hambrientos.

'Superplagas', es un buen documental que nos presenta varios casos, todos ellos bastante asombrosos, de grandes colonias del mundo animal que desde luego no pasarán desapercibidas. A las ya conocidas de langostas y ratas, se suman las de hormigas legionarias, cacerolas de mar, moscas efímeras y estorninos pintos, por poner algunos ejemplos, en las que inmensas colonias irrumpen en nuestro mundo. En realidad el documental se tendría que haber supercolonias o superenjambres, pues el original inglés es 'Superswarm' -una vez más, los españoles haciendo pupa con sus traducciones- pues al final de eso es de lo que se trata, de enjambres o colonias con tal números de individuos que producen intranquilidad.

La película, dividida en dos capítulos, gira mayoritariamente en torno a la relación del ser humano con las distintas colonias -o plagas, cuando es eso se convierten- y de cómo, en algunos casos, saca provecho de ello o, en los que no, cómo se las apaña para librarse de tan molestos visitantes.

Un documental que merece la pena ver, que resulta entretenido y sorprendente, como rara vez ocurre ya con otras formas de entretenimiento, y que, si huyes de los fondos mafiosos de las redes P2P, puedes disfrutar aquí. Siempre, claro está, que tu tolerancia a una calidad de imagen ligeramente deficiente esté bastante, digamos, dilatada. La tolerancia, digo.