domingo, 30 de octubre de 2011

Me cago en Doña Manolita

Hace una semana pasaba por Doña Manolita a pillar unos décimos como encargo. Detesto las aglomeraciones y las esperas basadas en superticiones —hay que ser bastante tonto para creer que comprando un décimo ahí aumentarán las probabilidades de que te toque el gordo, o cualquiera de los premios—. El único que realmente gana, cuando se difunde la creencia de que ahí toca a menudo, es el propio establecimiento. Por supuesto, si todo el mundo compra en un único local, la probabilidad de que toquen premios a los décimos comprados en ese establecimiento aumentará. Lo que, en lo que se conoce como retroalimentación positiva (para tontos del bote), hace que más gente compre ahí. Lo que, a su vez, implica colas más largas y más probable que los premios vuelvan a tocar, año tras año, a los vendido en el lugar en cuestión. No, desde luego que no hubiese hecho cola nunca de no tratarse de un favor. Para mi fortuna, soy ajeno a las supersticiones baratas.

Hoy he vuelto a esperar mi turno. Hubo un equívoco en la comunicación de la organización de los apostantes y encargaron un décimo menos de los que correspondía. Así que me presenté, otra vez como favor, para preguntar si era posible conseguir otro décimo de la misma serie. Tras esperar un rato, la conversación se desarrolló más o menos así:

     —Buenas tardes, venía porque hace una semana compré varios décimos del mismo número y quería saber si hay posibilidad de conseguir…
     —¡No nos queda! —respondió de forma bastante brusca y sin dejarme terminar de hablar
     —Pero cómo que no les queda, si aún no…
     —¡No! ¡No! Es que aquí se vende todo de un día para otro y le aseguro que no lo tenemos
     —Ya, pero es que el número tampoco era muy atractivo —decía yo con cierta expresión de desagrado por el trato —así que igual…
     —Le he dicho que no nos queda —volvió a responder, un poco más suave esta vez, viendo mi expresión de enfado —. No es que no quiera mirar, es que sé que no lo tenemos porque aquí se vende todo de un día para otro, imagínese si hace ya una semana que lo compró.
     —Aja. Bueno, pues gracias —dije ya girándome como despedida
     —Buena suerte —que sonó a mis espaldas casi como una burla

Hoy volvía a salir de este establecimiento cutre con la sensación de ser ganado. No entiendo cómo la gente es tan tonta de dejarse tratar así simplemente por la absurda creencia de que aumenta sus posibilidades de que les toque si hacen penitencia hasta Doña Manolita. Y no es que no crea que le faltara razón a la dependienta sobre qua ya estaba vendido. Me desagradó profundamente la forma en que desprecian al cliente. Estoy seguro que la tipa podía haber hecho un pequeño esfuerzo en ser más comedida y expresarlo de otra forma, tampoco pedía que hiciera el teatro de buscarlo, simplemente expresarlo de forma menos pueril; pero no, a la señorita le salió de donde le salió tratar con desprecio al menda y a la señora que atendió justo antes, que abandonó la ventanilla con expresión compungida. Desde luego, si hay una relación entre el trato demostrado y el tamaño del higo de la chacha tras el cristal, la niña debía tener la raja como el carril bici de la Estrella de la muerte, ese mismo por el que Luke coló su X-Wing para zumbarles la banana a los magnates del sistema y en defensa de los indignados del siglo treinta mil.

En fin, que última vez que voy a ese antro de mierda. Seguiré comprando al vendedor de turno que me tropiece por ahí. Seguro que, lo compre donde lo compre, seguiré teniendo el mismo 0,001% de probabilidad de que me toque el gordo —es más probable que te caiga un rayo a lo largo de tu vida—, pero al menos echo una mano a un vendedor que se gana la vida honradamente y no a una pelandusca que vive gracias a un pueblo de tontos que anda más dispuesta a creer en raticulín que en la Ley de los grandes números. Pero es lo que tiene las matemáticas, no entienden de supersticiones, creencias ni supercherías. Y, por fortuna, ni de gilipolleces.

La App Store la carga el diablo…

La madre que parió a la App Store y a los fanáticos que rememoran grandísimos juegos, tanto como para reversionarlos (incluso mejorarlos gráficamente) para los dispositivos móviles. Otra mañana de domingo tirada por el retrete.



Si no eres capaz de reconocer estos dos juegos, o eres demasiado joven, o estuviste muerto de cintura para arriba en la década de los ochenta y principios de los noventa. Son obras de arte que no requieren presentación.

lunes, 24 de octubre de 2011

Tiembla, Arguiñano. ¡Tiembla!

Soy un absoluto negado en la cocina. Y en muchas otras cosas. Pero ser un negado en muchas otras cosas no pone en peligro mi vida, ya que ser un negado en la cocina, viviendo sólo como vivo ahora, supone poder morir de hambre o alimentarme exclusivamente de pizzas, macarrones, hamburguesas y reventarme el corazón con trescientos kilos de grasa en las arterias. Mi mujer, una santa en muchos aspectos, y genial cocinera, no me ha dado por perdido e insiste en animarme a que me lance a comer mejor, que no más. Así que para acompañar la crema de calabazas (riquísima) que tengo lista para mañana, me animó a prepararme un rehogado de setas y champiñones y unos filetes rusos. Y, tras consultarle casi cada paso por teléfono, el resultado ha sido cojonudo.


Estoy muy orgulloso. A este paso pronto podré montar mi propio programa de cocina: «yo me lo guiso, yo me lo como, y tú te jodes mirando sin probar bocado». Tiembla, Arguiñado, tiembla.

Nullable<Me>

Pensé que no tocaría hacerlo, pero finalmente ha sucedido. Se mantienen dos ramas de código, del mismo código —mejor dicho, de código parecido— para que compile en Framework 1.1 (año 2003) y Framework 3.5 (año 2007) de .NET. Tanto a nivel sintáctico como semántico, la versión 3.5 es muchísimo mejor. Y no entiendo la obstinación por mantener las dos ramas, cuando la destinada al código 1.1 N-O S-E U-S-A y estamos a las puertas de que aparezca la versión 4.5 o la 5, directamente, y que traerá cosas tan chulas como el mecanismo async para definir métodos (algo que ya está en F#). Pero ha tocado y llevo todo el día peleándome con esto. He tenido que adaptar toda la semántica de tipos nulos, incorporada a partir de la versión 2.0 del Framework y de la que he hecho uso intensivo en el proyecto, posible y de uso grácil con el aporte de los genéricos y que permite escribir cosas tan sencillas como las del siguiente código (las dos formas son aceptables y significan lo mismo), sin recurrir al boxing y al unboxing:

 
Nullable<int> enteroConNulo = null;
int? enteroConNulo2 = null;
 

Para ello he tirado de la biblioteca NullableTypes. Descubrí esta biblioteca a finales del año 2002 o a principios del 2003, no recuerdo, y se convirtió en eje fundacional de la base de datos orientada a objetos que estábamos montando en la empresa como parte del proyecto en el que estábamos trabajando entonces. Hace tanto tiempo de eso que no terminaba de recordar el nombre y he tenido que andar rebuscando aquí y allá, hasta que di con ella. Lo que me sorprende es que aún exista la página, que no se toca desde 2004. Increíble esto de Internet, sí señor.

Aquí queda anotado por si dentro de otros ocho años me piden que adapte el código desarrollado para el Framework MIL a la versión 1.1. Visto lo visto, son capaces de mantenerlo para entonces.

domingo, 23 de octubre de 2011

¿Tocará?

Hoy domingo, que abre todo en Madrid, he pasado —aprovechando que además está mi mujer por aquí este fin de semana y nos dábamos un paseo— por Puerta del Sol para comprar en Doña Manolita, administración de Lotería conocidísima en todo el territorio, para ejecutar un recado que me encomendaron. Obviamente algo pillé para mí. Y más obviamente aún, no voy a poner el número para que nadie lo conozca. No es de extrañar que siempre toque algo ahí, si la mitad de España compra en ese establecimiento, de aspecto bastante cutre, y la otra mitad en Las brujas de oro, con demostraciones de ostentación excesivas para mi gusto (visitamos esa administración en las vacaciones por Pirineos del año pasado).


Anotar que el trato no fue de nuestro agrado. Después de esperar, menos de lo que temíamos, eso sí, nos trataron poco menos que como a ganado y en plan «son lentejas, si te gustan bien, y si no, las dejas». Vamos, que no pude elegir el número, sino aceptar «el primero que encontré».

Pese al trato, como nos toque, saldrán amigos hasta por el desagüe del fregadero. Cochina crisis. Cochino dinero.

I'm your man

Justo hace unos días saltaba de forma aleatoria en mi iPhone esta canción del magnífico Leonard Cohen, un cantante, un poeta, ahora reconocido por la Fundación Príncipe de Asturias con un premio. Un gigante de la música, sí señor. Un gigante.

sábado, 22 de octubre de 2011

¿Feliz Navidad? ¡Cómo que Feliz Navidad!

¡Si estamos a veintidós de octubre y aún faltan dos meses!

Visto en el Carrefour que hay al lado del piso donde vivo.

Parece que no, pero dos meses significan el 16% de un año (una sexta parte). A mí me parece demasiado tiempo dedicados a recordarnos que se nos echa encima otra Navidad. Cuando, además, dura apenas dos semanas.

Que estrés, por dios.

viernes, 21 de octubre de 2011

La imagen de la semana

Creo que esta va a ser la imagen de la semana, al menos de mi semana:


Al final me he decidido y, aprovechando que tengo una velocidad de descarga de vértigo, acabo de instalar el león. A ver cómo ruge el nuevo cachorrito.

¿iPhone 4S?

Acabo de caer en la cuenta que hace algo más de una semana que mi iPhone 3GS cumplió dos años. Además de haberse convertido en herramienta imprescindible de mi día a día, hasta el punto de meditar la posibilidad de injertármelo quirúrgicamente para no perderlo nunca de vista —lo que plantea el problema de por dónde lo cargaría, a posteriori—, significa que acabó la obligatoria permanencia de dos años con vomistar Movistar. Lo que, a su vez, significa que podría irme con otra compañía que me deje el plan de datos más económico y/o plantearme la posibilidad de dar el salto al nuevo modelo que acaban de sacar. ¿Alguna operadora que quiera ofrecerme el 4S a un precio razonable? Aunque la pregunta obvia es si merece la pena. De momento me parece que no voy a preocuparme del asunto. Al menos hasta febrero o marzo del año que viene. Seguiré unos cuantos meses con mi apreciado iPhone 3GS. Al 4S no creo que le sacase provecho ahora mismo.

Un plan de datos más económico sí que voy a empezar a buscar en las próximas semanas, aunque me parece a mí que no será con Yoigo. Permanezcan atentos.

jueves, 20 de octubre de 2011

¡Coño! ¡Qué frío!

Eso es lo que pensé esta mañana de camino al tren en Parla, soportando unos ocho grados, y nuevamente al bajarme en Tres Cantos, con apenas uno o dos grados más. Como dicen por aquí, hacía una rasca de cuidado. En una semana han bajado las máximas unos diez grados y las mínimas entre cinco y seis grados. Y la próxima semana prevén que empezará a llover. Hemos sufrido un verdadero descalabro de las temperaturas en tan solo una semana. Más acelerado que el sufrido por la economía mundial. De seguir así, en un mes sufriremos una glaciación.

Y pensar que hace una semana estábamos deseando que llegase el frío. Qué volubles son la voluntad y el deseo humanos.

martes, 18 de octubre de 2011

viernes, 14 de octubre de 2011

Ya he terminado con Falling Skies

Bueno, ya he terminado de ver la primera temporada de Falling Skies. Después de ver el primero estuve tentado de no seguir. Demasiado ñoño y pusilánime. Pero mejora considerablemente a partir del cuarto. Aunque, cierto también es, que no es como para tirar cohetes. Que bien podemos sacrificar a una buena parte de la Humanidad sin montar tanta parafernalia. ¿Alguna raza alienígena interesada en una buena cantidad de carne? Sobramos seis mil millones. Esos son unos treinta millones de toneladas de carne roja de la mejor calidad.

¿Ha sonado un poco hitleriano? ¡No era mi intención! Vaya como disculpa el trailer.

Michael

Es que cada vez que lo veo, me gusta más:



Visto originalmente en el blog de adastra.

¿50 gigas? ¡50 gigas!

Amanecía hoy leyendo un correo que me envió el amigo sulaco. Hacía referencia a que Box.net regalaba 50 Gb a los usuarios de dispositivos iPhone o iPad. He corrido como las marujas el primer día de rebajas para hacerme con mi cuenta.

¿Y ahora qué hago yo con tanto espacio?

Es una pregunta retórica. Tengo clarísimo en qué voy a usar todos esos gigas. Los 4 Gb de Dropbox, de los que estaba tan ufano, me van a parecer una mierdita ahora.

jueves, 13 de octubre de 2011

Otro que se va

Abro el Facebook y lo primero que me encuentro es que otro de los grandes de la Informática, en este caso Dennis Ritchie, ha muerto recientemente. Lo triste es que la muerte de Steve Jobs eclipsó la noticia, porque hace ya unos cuantos días que falleció.

Descanse en paz.

Mierda de Facebook. Sólo sirve para enterarme de las malas noticias...

¡Niña! ¡Eso no se dice!

Hoy amanecíamos en el trabajo con un misterio. Una compañera me enseñó lo que le había pasado con su móvil, con un sentimiento entre angustiada e indignación. Un SMS que confirmaba, a su vez, que se había enviado «puta» a un teléfono que, casualidad, resultaba el de la madre. «¡Pero si yo no he mandado nada!». Investigando un poco descubrimos que es algo parecido al DictaSMS de Vodafone, pero de Movistar. En algunos foros se quejan que Movistar ha activado la transcripción de mensajes del buzón de voz del destinatario, cobrando lo que no está escrito, peeeeeeeero sin siquiera decírselo al que llama y sin señal acústica de comienzo de grabación. Cuidadín, cuidadín, con lo que se dice mientras se espera a que el llamado responda, que si no responde a saber lo que va a recibir. Ya se sabe, las palabras las carga el diablo. Y niña, por favor, no le digas eso a tu madre.

Eso sí, todo vale para sanear las cuentas de Movistar y que sus accionistas puedan repartirse dividendos a final de año. Los pobres lo deben estar pasando fatal. A este paso te acabarán cobrando hasta por establecer conexión cuando enciendes el teléfono. Vaya, ya les he dado una idea.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Calor innatural

He llegado de vuelta a Madrid, en particular a Parla, tras pasar cinco días en Las Palmas con mi mujer, a la que sigo echando de menos. He llegado para encontrarme casi 30 grados de temperatura a las nueve de la noche en otoño. No soy oriundo de esta provincia, pero a mí máximas de treinta y poco en mitad de octubre no me parece algo natural. A este paso va a ser cierto que el Mundo se acaba en 2012. En fin, parece que la próxima semana empiezan a bajar las temperaturas y que apenas sobrepasarán los veinte grados de máxima. Caída abrupta, me temo. Gripes y gripones a la vista.

Con Yoigo a la puta mier…

Que me lo expliquen. ¿Para qué coño necesitan que presente la domiciliación de dos recibos junto con el documento original enviado por la compañía para contratar un puto plan de datos para el iPad que cuesta 8 €  al mes? Madre mía la de viajes tontos que he dado para que finalmente me dijeran que les salta como persona de "riesgo" y que tienen que hacerme un estudio de viabilidad. ¿Para un puto plan de datos de 8 € al mes? Niña, si tú supieses cómo son mis finanzas, me parece que te ibas a dejar de tantas gilipolleces. Nada. Contratado el plan de datos de 1 Gb con Simyo por Internet, que no te piden nada más que la cuenta en la que te cargarán el recibo. Eso sí, no necesitaba tanto y me corría un poco de prisa. Desde luego, así Yoigo se dejará querer mucho. Por mi parte se pueden ir a tomar mucho por el culo.

martes, 11 de octubre de 2011

La vida hay que ganársela, ¡menuda perversión!

     Voy directo al grano. La frase en cuestión es corta, sólo tiene cinco palabras y es: «Hay que ganarse la vida».
     ¿Qué, cómo lo ves? ¿Alguna reacción a bote pronto?
     ¿Te dice algo? ¿Se activa alguna alerta en tu mente?
     Lo cierto es que a mí no me decía nada hasta que hace un par de semanas, en una reunión con unos clientes, se la oí decir resignadamente a uno de ellos. Entonces, de pronto, me vino a la cabeza el siguiente pensamiento:

DECIR QUE NOS TENEMOS QUE GANAR LA VIDA IMPLICA PARTIR DE LA PREMISA DE QUE LA VIDA ESTÁ PERDIDA.


     Has leído bien, sí, ¡perdida! ¡Y esto es fuerte, muy fuerte! Y, sin embargo, todos o casi todos lo tenemos asumido como normal, como lo que toca, como lo que es, como lo que hay.
     Y si asumimos la perversión de esta frase tan socialmente aceptada y muy escasamente pensada, lo mejor que podemos esperar de nuestra existencia, el mejor de los futuros imaginables, es recuperar algo que, en realidad, nos es consustancial. Para no vivir como muertos, nos pasaremos la vida intentando «ganárnosla». Con resignación y, según el carácter de cada uno, con un poso de mala leche en el fondo.

La brújula interior
Álex Rovira Celma

'La brújula interior'

Cuando estuve en Madrid la época anterior (octubre 2009 a marzo 2010), cada vez que venía a Las Palmas, paraba en uno de esos kioskos de venta de prensa, chucherías y mil artículos más, que hay en cada uno de los aeropuertos del territorio, a veces con varias réplicas de sí mismo repartidos por las terminales. En el que se encuentra justo a la entrada a la zona correspondiente a las puertas E y F de la Terminal 2 del aeropuerto de Barajas, hay un estante en la puerta repleto de libros de esos que han venido en agrupar en la colección Empresa activa [sitio web] y que se supone que representan las ideas punteras sobre gestión empresarial de comienzos del siglo XXI, pero que en la práctica no dejan de ser libros de autoayuda disfrazados por la idea grandilocuente del «desarrollo personal para la gestión empresarial». Cada vez que cogía un vuelo para Las Palmas paraba allí y, por arte y gracia de mi ansia consumista, acababa comprando uno, dos, incluso cuatro, libros cuyos títulos me inspirasen confianza. Así tengo la estantería llena de estos libros que, de momento, y salvo porque en algunas ocasiones resultan en historias curiosas y entretenidas, carecen de una aplicación práctica que merezca la pena reseñar. Aunque eso sí, en varias ocasiones, al menos, consiguen que te pares a pensar y meditar las cosas.

Y, precisamente, dentro de ese reducido grupo de libros que te obligan a pararte a pensar las cosas cae 'La brújula interior', de Álex Rovira Celma [sitio web], autor que aparece en portada de varios de los libros de esta colección. El texto está estructurado como una serie de cartas que envía el autor, cansado de su existencia y quemado con su trabajo, a un hipotético jefe que no resulta ser otra cosa que él mismo (su yo inconsciente, supongo). El éxito del mismo se basa en que cada carta suelta una carga de profundidad que remueve los cimientos de tu consciencia y que han de suponer un revulsivo que te haga reaccionar. Al menos eso en teoría. En la práctica los primeros capítulos —o cartas— resultan de una contundencia tal que te hace boquear, pero después, a partir de la cuarta o quinta carta es una reiteración de las mismas ideas, básicamente. Aunque, sinceramente, no me parece mal que lo recalque, porque nuestros cerebros no dejan de ser en su esencia de lagarto abrigados en gelatina de mono. Y necesitamos que nos repitan una y mil veces la misma idea para que cale.

DECIR QUE NOS TENEMOS QUE GANAR LA VIDA IMPLICA PARTIR DE LA PREMISA DE QUE LA VIDA ESTÁ PERDIDA.

'La brújula interior' es un texto que recomiendo. Básicamente porque se lee casi de un tirón —precisamente gracias a lo cual llega a la categoría de recomendado, caso contrario dudo que lo hubiese incluído— y porque, al menos para muchos, parece que es necesario que nos recuerden con frecuencia algunas de las ideas sumamente importantes que acompañan a cada carta. Desde luego mal no te hará leerlo, y es posible que bastante bien consiga hacerte si te paras a reflexionar en lo que expone y en las ideas que ofrece.

lunes, 10 de octubre de 2011

Batman 2, ¡qué ganas!

En un par de semanas saldrá a la venta. Aunque yo esperaré hasta que baje de precio. Pero reconozco que tengo muchas ganas de ponerle las manos encima.



Aunque resulte increíble, aún no he usado la PS3 para jugar en lo que va de año 2011. Bueno sí, repetí el God of War III en marzo. Nada más.

Star Wars: Acabé con la segunda primera trilogía

Dudaba entre empezar a verlas según la grabación original o según la cronología de la historia. Opté por verlas según la historia, gozando sufriendo primero las más modernas, antes de ver las clásicas. Hacía tanto tiempo que las vi en el cine —tras lo que no volví a verlas nunca— que no recordaba lo tontas que son.

Lo mejor, sin duda, la pelea entre Yoda y Dooku. Hace gracia ver al enano verde dando esos brincos y peleando con tanta vehemencia.

Cuenten que viví en los tiempos de Steve Jobs

Si alguna vez cantaran mi historia, cuenten que caminé entre gigantes. Los hombres brotan y se marchitan como el trigo invernal. Pero estos nombres nunca morirán. Cuenten que viví en los tiempos de Bill Gates, domador de ordenadores. Cuenten que viví en los tiempos de Steve Jobs.

Inspirado en la secuencia final de Troya:



Sea pues mi tributo personal a un gigante que nos ha dejado.

Cuenten que caminé entre gigantes

Si alguna vez cantaran mi historia, cuenten que caminé entre gigantes. Los hombres brotan y se marchitan como el trigo invernal. Pero estos nombres nunca morirán. Cuenten que viví en los tiempos de Héctor, domador de caballos. Cuenten que viví en los tiempos de Aquiles.

Troya (película)

Steve Jobs y mis propios recuerdos

Me levanto muy temprano. No mucho más de lo que me obligaba a levantarme el insomnio producido por estrés laboral hace más de un año, pero sí lo suficientemente temprano como para que se note en el cuerpo a lo largo de la semana. El jueves fue una proeza levantarme a las cinco y veinte, cuando sonó el despertador. Mayor proeza supuso desayunar, refrescarme con una ducha rápida y salir a la calle con quince grados para coger el tranvía, luego el tren y, tras hora y media de paseo en total, sentarme en mi puesto de trabajo a las ocho para comenzar una jornada de nueve horas y media. En algún momento de ese proceso curioseé en Facebook y vi que alguno de mis contactos publicaba el famoso vídeo de Steve Jobs acompañado de unas pocas palabras del estilo «pues parece que esto es lo que toca ahora». Nada más. Lo suficiente como para sospechar que algo había pasado. Sospechas que se confirmaron cuando llegué a la oficina y repasé las noticias. Y esto es harto raro en mi modus operandi, porque nunca leo las noticias en el trabajo y lo primero que hago es leer y responder el correo de empresa.

Si me hubiesen preguntado el día antes cómo me sentiría ante la muerte de Steve Jobs hubiese contestado algo del estilo a que en realidad me daba igual. A todas luces no dejaba de ser uno más de tantos. Un hombre con una visión muy agudizada, un visionario, vamos, pero un hombre más entre tantos grandes hombres que ha habido en el mundo, a fin de cuentas. Sin embargo, al leer en negrita, y con un tamaño de fuente de titular, que había fallecido, algo se revolvió dentro. Y no, no se confundan. En realidad me importa poco la muerte del hombre, que incluso llegó a engañar a su propio amigo por unos míseros dólares. El ánimo de lucro se le supuso siempre. No, lo que se revolvió fue algo más interior y difícil de explicar. Algo que tiene que ver, supongo, con el haber vivido la evolución de la informática doméstica desde sus comienzos, o el haber suspirado durante años por tener un Macintosh. Ni yo mismo lo tengo claro, pero ahí lleva esa emoción enganchada dentro desde el jueves pasado.

Los sentimientos son difíciles de explicar; al menos para mí, que nunca se me ha dado especialmente bien la palabra escrita ni contar emociones. También decía hace un instante que ni yo mismo me aclaro, y menos como para poner orden en una exposición, por lo que quizás deba contarlo acudiendo a mi propia historia personal.

Tengo casi cuarenta años y, dada la altura de mi vida en la que estoy, es muy posible que ya no tenga descendencia a la que contar mis aficiones, mi vida, mis pocos logros y a la que animar a que siga su propio camino. Sin embargo tuve suerte de crecer con varios referentes importantes y de los que, en cierta forma, tomé ejemplo. Mi padre es uno de ellos. Un gran pintor, que ama lo que hace, y que ha dedicado buena parte de su vida a leer todo cuanto caía en sus manos sobre pintores, épocas y estilos. Es, en cuanto a pintura se refiere, una eminencia. Mi madre también está ahí. Historiadora de vocación y estudios, en especial de la arqueología y aún más particularmente sobre egiptología, leía todo artículo acerca de esos temas sobre el que ponía las manos. Es toda una suerte contar con una enciclopedia humana cuando a uno la geografía y la historia se le atascan en el instituto. Sí, me crié en un entorno en el que se profundizaba en aquello que te gustaba. En el que se te animaba a seguir investigando. Si era tu vocación, el tiempo se hacía poco y el conocimiento previo no existía. Todo se cogía siempre con hambre de saber más. [1]

En mi pubertad, incluso en mi adolescencia, no sabía que la Informática sería mi vocación. Era difícil saberlo a principios de los ochenta. Pero el primer ordenador [2] entró en casa en el año 1984, cuando yo contaba con doce años recién cumplidos. Como niño que era, enseguida le encontré el punto lúdico a ese pequeño cacharro con teclas de goma que se llamaba ZX Spectrum y no había ningún indicio que hiciera pensar que acabaría dedicando mi vida a ello. Pero, poco a poco, entre cinta y cinta, empecé a leer lo que se podía hacer con él. Ayudó que aparecieron publicaciones en español sobre el ordenador en cuestión, como Michohobby, de la que copiaba con presteza buena parte de los listados. Así fue cómo con trece años programaba bastante bien en BASIC y a los catorce ya conocía el lenguaje ensamblador del Zilog Z-80, lo suficientemente bien como para recitar de memoria la mayor parte de su juego de instrucciones.

Después del Spectrum pasaron por mi casa el Atari 800XL, el Commodore 128, el Commodore Amiga 500 y, por fin, el primer PC, un clónico que en mi caso iba con un 386, y que costó la friolera de 415.000 pesetas (unos 2.400 €). Para cuando entré en la universidad ya sabía programar en lenguaje C y conocía el ensamblador del MOS 6510 (Atari y Commodore) y el del Motorola 68000; además de los mencionados antes para el Spectrum. Todo ello conocimiento verdaderamente inútil a estas alturas, pero que me enorgullecía especialmente dominar en aquellos años. Casi me sentía como todos esos pioneros que habían hecho posible que yo disfrutara aprendiendo a programar y de los que leía cada artículo que aparecía. Si entre todos estos héroes hay uno que ocupa un hueco especial en mi corazón, ese es Sir Clive Sinclair. Aunque sea de mal gusto aclararlo en una entrada dedicada a Steve Jobs.

Mientras yo iba aprendiendo cosas inútiles que rara vez ponía en práctica, la informática doméstica se iba definiendo año a año. Hace treinta años era sumamente extraordinario ver un ordenador en la casa de nadie; yo era casi un privilegiado. Unos pocos años después, buena parte de los compañeros de clase en el instituto tenían uno. Hoy en día es raro el hogar de clase media que no tenga uno, incluso dos. Se ha convertido en algo normal ver a cualquiera en la calle, en un restaurante, en el tren o en la playa, respondiendo un correo electrónico con su smartphone. Hasta los televisores de hoy vienen con un ordenador en el que puedes descargar aplicaciones desde Internet y reproducir películas MKV directamente enchufando un disco duro externo.

Son muchos los nombres que han conseguido que la informática y la tecnología llegase a donde ha llegado. Hay, también, muchos individuos anónimos, que han invertido su tiempo en mejorar herramientas para la detección de enfermedades, y muchos que hicieron pequeñas pero sumamente importantes aportaciones, pequeños empujones, para que la cosa siguiese funcionando y mejorando. Sin contar a todos aquellos que, trabajando en grupo, han hecho posible saltos tecnológicos cualitativos. Sin embargo, si hay un nombre que resuena siempre, una especie de constante universal durante estas tres décadas que han pasado, es el de Steve Jobs. Desde que tuve el Amiga quise pasarme al Mac (a fin de cuentas eran máquinas basadas en el 68000 de Motorola, procesador que admiraba profundamente). Pero eran ordenadores muy caros y no fue hasta finales de 2007 que inicié mi viaje por el universo Mac. Ya decía entonces que hay una constante con Mac: la calidad y la facilidad de uso. Son productos muy bien pensados y meditados, que hacen la vida fácil al usuario. Se nota que hay un duro trabajo detrás de cada idea para que el usuario, yo, me sienta a gusto pensando exclusivamente en lo que quiero y no en el cómo hacerlo. Y esto no lo había conseguido nadie antes. La elegancia, la facilidad de uso, el acabado exquisito y las formas novedosas, son constantes de una marca que ha conseguido que usemos adjetivos como «bonito» para designar cosas que, tal vez por su naturaleza inerte, no se nos hubiese ocurrido calificar como tal.

Una obra puede ser bien interpretada. Para ello requiere una buena orquesta, compuesta por buenos músicos, cada uno de ellos conociendo a la perfección el instrumento que han elegido tocar. Pero para que la obra sea genial no basta con que sean simplemente buenos, se necesita un gran director, alguien que vigile y exija la perfección hasta en los más mínimos detalles. Sólo de esta forma, bajo la exigente mirada de un gran director, algo bueno puede transformarse en algo genial. Steve Jobs, ha sido ese exigente director, y que como nombre, ha estado ahí siempre, asociado a la calidad y como un referente de cosas bien hechas. Steve Jobs, y Apple, han conseguido que todos los que tenemos la informática como vocación, tengamos una referencia de calidad, de productos bien hechos, de máquinas que piensan para el hombre y no de hombres que deban pensar para máquinas. Y, con envida sana, que muchos quieran dar más de sí mismos para conseguir emular esos logros.

Pero más allá de todo ello, la muerte de Steve Jobs me recuerda que todo tiene que morir, que todos los que consiguieron, de una forma u otra, que me gustase la Informática, que admirase los logros tecnológicos, tras los que había hombres, y que, por un momento, mi vida rozase un sentido de ser, irán desapareciendo y que, después de tanto tiempo, la Informática ya no tiene ese sabor de aventura personal que tenía entonces, cuando encerrarse en el cuarto o en el garaje tenía mucho de juego y poco de negocios deshumanizadores. Con la muerte de Steve Jobs tengo la sensación de que comienza a morir la Informática casi espiritual, la del reto intelectual que con poco se hacía mucho, y, pese al legado de calidad y trabajo bien hecho tan inmenso que deja, muere uno de sus principales artífices y promotores. La muerte de Steve Jobs deja el regusto amargo de una premonición. La de que las próximas generaciones, nacidas ya entre abundancia de complejas soluciones y al abrigo de tecnologías cada vez más completas y abstrusas, serán individuos que se aproximarán a la Informática de forma meramente funcional, sin aquel apego orgánico de sus pioneros, que conseguían humanizar cada nueva aportación a la corta, pero intensa, historia de los ordenadores personales. Para ellos, los nuevos, ya no quedará nada, ni siquiera el haber vivido en el tiempo de grandes hombres que marcaron el rumbo. Hombres, que mejores o peores, con motivaciones mejores o peores, conseguían que todo fuese una aventura emocionante y que yo, en particular, andara siempre asombrándome con cada nuevo paso que se daba y con las nuevas noticias que llegaban, y que todo ello siempre tuviese un nombre, una persona, detrás. Hace ya tiempo que no me asombro demasiado con casi nada y, sospecho, mis sobrinos ya no llegarán a admirar a personas. Temo que para ellos quedará, únicamente, la admiración a la máquina. Una verdadera pena.



[1] Para desconsuelo de mis padres, yo nunca logré pasar de la teoría. Soy muy perezoso para embarcarme en grandes empresas personales. Aunque el hambre por aprender siempre cosas nuevas no la he perdido ni aún a mis treinta y nueve años.
[2] Aunque el uso de la palabra «ordenador» está enmendada por la Real Academia de la Lengua, que recomienda ahora el uso de computador o computador electrónico, son muchos años usándola.

sábado, 8 de octubre de 2011

Unos días en familia

Pues eso, que he venido a Las Palmas a pasar unos días con mi mujer y mi familia. El día 9 es festivo en Madrid y solicité lunes y martes como días de vacaciones. Total, si finalmente acaba la cosa en diciembre, pues por lo menos poder ir disfrutando los días que me corresponden. En octubre esta será mi única visita.

En estos días previos he descubierto que Ryanair comienza a operar en noviembre los viernes por la tarde. Hasta ahora el único vuelo de ellos salía a las 7 de la mañana y, aunque uno tiene una buena surtida cuenta de superpoderes, el don de la ubicuidad no se cuenta entre ellos. Es difícil estar despegando a las 7 camino de Las Palmas y resolviendo asuntos en la oficina de Tres Cantos al mismo tiempo. Ahora puedo venir el viernes al salir del curro. Entendiendo siempre que me refiero a un precio razonable. He tenido suerte y he conseguido vuelos a muy buen precio —a precios que nunca más creí que conseguiría— para casi todos los fines de semana del mes de noviembre. Vamos, que con lo que hasta ahora me venía un fin de semana (entre 130 € y 160 €) en otras aerolíneas, con Ryanair vengo dos fines de semana y medio. Personalmente creo que es una gran diferencia.

De paso he traído la saga de Star Wars (el último pecadillo cometido hasta el momento). En Madrid tengo televisión LCD y reproductor BluRay (la PS3), pero estas películas hay que disfrutarlas en mi tele grande con mi home cinema de sonido envolvente a todo volumen. Los vecinos me apreciarán mucho estos días.

martes, 4 de octubre de 2011

Mala noche, mala leche, mala sangre, segunda parte

Por cuitas culinarias —tan sólo a mí se me ocurre tener el antojo de verdura al vapor cuando mi mujer me dejó el congelador repleto de exquisita comida, suficiente como para alimentarme varias semanas—, anoche no logré acostarme hasta hora y media más tarde de la hora límite que me había fijado para meterme en el sobre; que ya de por sí es tarde. Caí inconsciente en segundos pensando que, al menos cuatro horas y media de sueño serían suficientes para afrontar los retos del día siguiente. A las tres de la madrugada me despertó un dolor intenso en la mano. Daba la sensación que me habían arrancado un trozo de carne de un mordisco. No me lo podía creer, otra vez me había picado un puto mosquito. Me levanté hecho un basilisco, arremetí contra él —dado el tamaño medio de los ejemplares que habitan en Parla no es difícil localizarlos incluso con miopía y sin gafas— y le solté un tremendo guantazo, importándome un rábano el ruido y los vecinos. No me esperaba el espectáculo de vísceras y sangre. Está claro que andaba aún bien hinchadito de —con mi— sangre que, a diferencia del otro, en lugar de necesitar varios golpes para acabar con él, a la primera caricia explotó. Madre mía, vaya sangría. Y qué rojo tan intenso.

Varios efectos se derivan del acontecimiento nocturno:

  • Que los vecinos acabarán presentando un escrito para echarme del edificio por los ruidos nocturnos
  • Que he puesto en serio riesgo la integridad estructural del edificio por la tremenda piña que le solté a la columna (amortiguada levemente por el cuerpo del mosquito)
  • Que otra vez he dormido una mierda (por la excitación de la pelea me desvelé durante una hora aproximadamente), que me he levantado hecho una piltrafa —más de lo normal—, y que voy a requerir dosis masivas de café para soportar las horas que se presentan por delante
  • Que he perdido un litro de sangre y sufriré anemia perniciosa durante las próximas semanas
  • Y que voy a tener que pintarle las paredes a la dueña del piso antes de dejarlo para ocultar mi crimen

¿A que va a resultar que la noche de los lunes es «la noche temática de los mosquitos» en Parla y yo no me he enterado?

No tengo muy claro si la hinchazón de la mano se debe a la picadura o al puñetazo. Yo apuesto más por lo primero, que lo segundo no fue para tanto.

domingo, 2 de octubre de 2011

¡Tú! ¡Pedazo de Neandertal!

Ahora mismo estoy viendo el programa de Redes 2.0, en el que se confirma que Homo Sapiens y Neandertales hicieron triqui triqui y tuvieron descendencia viable. Desde luego, revisando la imagen que he cogido para ilustrar esta entrada no me cabe ninguna duda que el hijo de puta que andaba tocándome los huevos todo el santo día en la anterior empresa, ascendió por ser —y comportarse como— un verdadero Neandertal. Físicamente se parecía un huevo a la imagen. Aunque en mis recuerdos nunca lo vi tan pacífico, ni pensativo. Creo que aquella vez que me tiró el iPhone con desprecio le tenía que haber arrancado la cabeza.

Sudoku-ku-ru-ku-ku

De verdad, de verdad de la buena, mami. Una partida más y apago la luz. La última. Si solamente llevo veintinueve horas de juego acumuladas.

Es la última vez que reinstalo el Sudoku en mi iPhone.

Las moscas

A un panal de rica miel
dos mil moscas acudieron,
que por golosas murieron
presas de patas en él.
Otra dentro de un pastel
enterró su golosina.
Así, si bien se examina,
los humanos corazones
perecen en las prisiones
del vicio que los domina.

Hoy me levanté recordando esta fábula de Samaniego, que mi abuelo me leía (o recitaba de memoria) de vez en cuando. Muchas veces, en respuesta a mi insistente petición.

sábado, 1 de octubre de 2011

Odiosas comparaciones

Lo primero que dije, al levantarme esta mañana, fue «a ver si este fin de semana puedo probar el último XCode» (yo me quedé en el 3). Tras iniciar sesión en el centro de desarrolladores lo puse a descargar. Ha tardado 22 minutos. 4,3 Gb. ¡Ve-in-ti-dos mi-nu-tos!. Igualito, igualito, que cuando lo he descargado en Las Palmas, que me supone más de 12 horas y, algunas veces, se jode a mitad de descarga. Lo sé, las comparaciones son odiosas, pero lo de Telefónica, que no hay forma de que mejoren la infraestructura y sigan con los mismos pares de cobre que pusieron hace 40 años, es como para hacerle una sesión triple de fistfucking anal a todo el consejo de dirección de esta magna corporación.

Ahora estoy entre seguir el tutorial Tutorial: Develop An Angry Birds Like Game With Cocos2D And Box2D Step-By-Step, leer un rato (y hacer alguna prueba) del libro 'Making Isometric Social Real-Time Games with HTML5, CSS3, and Javascript', hacer un prototipo de una CMDB para demostrar que la que usamos en el trabajo no-es-buena, disfrutar del pecado cometido hace una semana o, directamente, nada de lo anterior.